La Luz del mundo

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lunes, 16 de mayo de 2011

ERNEST HEMINGWAY:

Cuento:

Literatura:



 
La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al
mostrador. 
—¿Qué van a pedir? —les preguntó George. 
—No sé —dijo uno de ellos—. ¿Vos qué tenés ganas de comer, Al? 
—Qué sé yo —respondió Al—, no sé. 
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres
leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado
conversando con George cuando ellos entraron, los observaba. 
—Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas —dijo el
primero. 
—Todavía no está listo. 
—¿Entonces por qué carajo lo ponés en la carta? 
—Esa es la cena —le explicó George—. Puede pedirse a partir de las seis. 
George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador. 
—Son las cinco. 
—El reloj marca las cinco y veinte —dijo el segundo hombre. 
—Adelanta veinte minutos. 
—Bah, a la mierda con el reloj —exclamó el primero—. ¿Qué tenés para comer? 
—Puedo ofrecerles cualquier variedad de sánguches —dijo George—, jamón con huevos,
tocino con huevos, hígado y tocino, o un bife. 
—A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas. 
—Esa es la cena. 
—¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena? 
—Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocino con huevos, hígado...  —Mejor que no tengas nada que ver con esto —le sugirió Sam, el cocinero—. No te conviene
meterte.  8
—Si no querés no vayas —dijo George. 
—No vas a ganar nada involucrándote en esto —siguió el cocinero—. Mantenete al margen. 
—Voy a ir a verlo —dijo Nick—. ¿Dónde vive? 
El cocinero se alejó. 
—Los jóvenes siempre saben que es lo que quieren hacer —dijo. 
—Vive en la pensión Hirsch —George le informó a Nick. 
—Voy para allá. 
Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick
caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle
lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre.
Una mujer apareció en la entrada. —¿Está Ole Andreson? 
—¿Querés verlo? 
—Sí, si está. 
Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella
llamó a la puerta. 
—¿Quién es? 
—Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson —respondió la mujer. 
—Soy Nick Adams. 
—Pasá. Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta.
Había sido un boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la
cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick. 
—¿Qué pasó? —preguntó. 
—Estaba en lo de Henry —comenzó Nick—, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al
cocinero, y dijeron que iban a matarlo. 
Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada. 
—Nos metieron en la cocina —continuó Nick—. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. 
Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra. 
—George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase. 
—No hay nada que yo pueda hacer —Ole Andreson dijo finalmente.  9
—Le voy a decir cómo eran. 
—No quiero saber cómo eran —dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: —Gracias
por venir a avisarme. 
—No es nada. 
Nick miró al grandote que yacía en la cama. 
—¿No quiere que vaya a la policía? 
—No —dijo Ole Andreson—. No sería buena idea. 
—¿No hay nada que yo pudiera hacer? 
—No. No hay nada que hacer. 
—Tal vez no lo dijeran en serio. —No. Lo decían en serio. 
Ole Andreson volteó hacia la pared. 
—Lo que pasa —dijo hablándole a la pared— es que no me decido a salir. Me quedé todo el
día acá. 
—¿No podría escapar de la ciudad? 
—No —dijo Ole Andreson—. Estoy harto de escapar. 
Seguía mirando a la pared. 
—Ya no hay nada que hacer. 
—¿No tiene ninguna manera de solucionarlo? 
—No. Me equivoqué —seguía hablando monótonamente—. No hay nada que hacer. Dentro
de un rato me voy a decidir a salir. 
—Mejor vuelvo a lo de George —dijo Nick. 
—Chau —dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick—. Gracias por venir. 
Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la
cama y mirando a la pared. 
—Estuvo todo el día en su cuarto —le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras—. No
debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan
lindo como este", pero no tenía ganas. 
—No quiere salir.  10
—Qué pena que se sienta mal —dijo la mujer—. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador,
¿sabías? —Sí, ya sabía. 
—Uno no se daría cuenta salvo por su cara —dijo la mujer. Estaban junto a la puerta
principal—. Es tan amable. 
—Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch —saludó Nick. 
—Yo no soy la Sra. Hirsch —dijo la mujer—. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo
soy la Sra. Bell. 
—Bueno, buenas noches, Sra. Bell —dijo Nick. 
—Buenas noches —dijo la mujer. 
Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el
restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador. 
—¿Viste a Ole? 
—Sí —respondió Nick—. Está en su cuarto y no va a salir. 
El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina. 
—No pienso escuchar nada —dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina. 
—¿Le contaste lo que pasó? —preguntó George. 
—Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata. 
—¿Qué va a hacer? 
—Nada. 
—Lo van a matar. 
—Supongo que sí. 
—Debe haberse metido en algún lío en Chicago. 
—Supongo —dijo Nick. 
—Es terrible. 
—Horrible —dijo Nick. 
Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador. —Me pregunto qué habrá hecho —dijo Nick.  11
—Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan. 
—Me voy a ir de este pueblo —dijo Nick. 
—Sí —dijo George—. Es lo mejor que podés hacer. 
—No soporto pensar en él esperando en su cuarto sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente
horrible. 
—Bueno —dijo George—. Mejor dejá de pensar en eso.

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